
Cuesta mucho explicar la forma en la que los valencianos (algunos) nos sentimos al vibrar con una Mascletá.
Para empezar, “vibrar” no es algo que se haga con tanta facilidad…vibrar se hace con tu gran amor, con tu nuevo enamorado, con algo que ansiabas y que tanto te costó lograr …vibran los que pueden, no todos (ya quisieran), los que en una tarde de luz especial, aprecian esas tonalidades de un espectro muy humano en una sociedad deshumanizada. Los que ante un olor de la infancia se quedan paralizados por segundos, aquellos que en un dejavú parecen trasladarse en el tiempo y dilatar los segundos como si éstos existieran por segunda vez.
Yo amaba, y amo, lo que en Valencia es un despliegue para al menos 4 sentidos, la vista, el tacto, el oido, y el olfato.
No me pidas ordenarlos, porque todos me dominan.
Una “mascletá” no puede ser sustituida por nada parecido. Un castillo no es lo mismo, pues parece que la vista todo lo colma. Las mascletas me arrastran, arrebatan, colman, en todas las dimensiones, todos mis sentidos, salvo el del sabor, aunque crea por momentos saborear la pólvora.
Desde el disparo inicial a la tormenta final, toda yo quedo raptada. Un sonido que engancha, una premonición (sexto sentido!) de lo que a minutos se escapa. Un olor casi inicial que es dopamina pura para el alma, un temblar, el mio propio, el de la algarabía que de otros poco nos separa…el color blanco o amarillo, más variado para los que color creen que precisamos mientras nuestros oidos están alerta, resonando cual papeles temblando en paredes de la antigua China.
Año, róbame momentos, días o semanas, más no me prives de en 365 días poder temblar, vibrar, llorar con el corazón y el alma, con el sentirme más viva que nunca, se toda una afortunada…
Gracias Fallas…gracias por brindarme tanta felicidad, extrema ella, tanta dicha, tanto orgullo, tanta vibra, hacerme sentir en 3 escasos minutos tan extremadamente colmada.

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