¿Cuál es tu rutina de mañana? ¿Qué haces durante la primera hora del día?
Estaba convencida de que, tras la crianza, las primeras horas del día las iba a decidir yo, y sólo yo. ¿Podía estar más equivocada? ! ¿Y eso? Sencillo…
Cuando yo era la única que podía introducir variables en mi día día, creía tenerlo todo bajo falso control.
Cuando llegó el matrimonio, la maternidad, la primera criatura y su crianza, todo resultó extremadamente sencillo, pese a los momentos de pánico inevitables por la novedad de la máxima de las vivencias.
Ahora, si creíamos estar entrenados para dar cobijo a la mayor de las familias, nada pudo superar la llegada de nuestro segundo pequeñín. Un segundo que, desde que nació, por unas o por otras, nos ha mantenido día y noche en un duerme vela, siempre en modo alerta, desvividos, descolocados, reubicándonos, viviendo por y para él.
Noches en las que nos llama, en las que siempre acudimos, noches en las que se traslada a nuestra cama, amaneceres de tres, siempre tres. Noches agónicas, en las que nadie duerme, sólo él, y que al despertar, aún no habiendo dormido, una parte de tu inconsciente da gracias por el fin de una tortura infligida por uno de tus dos tesoros, por una de tus personitas más queridas.
Y tras mi segunda criatura, llegó a nuestra vida nuestra gatita Mika, una dulce siamesa de profundos ojos azules. Mimosa y gulosa.
Y es por ello que ahora, mi vida, mi amanecer, bien lo acapara mi hijo, bien lo provoca mi gata. El uno, precisa atención constante, un buen par de carreras por casa, búsqueda de chaquetas, libros, estuches, almuerzos y algún que otro artilugio. La otra, basta con que te levantes, llegues a la cocina sana y salva, sin haberla pisado, ni caído encima, le abras el sobre de comida jugosa, te metas de nuevo en la cama, y si vuelve a ti, que la arropes, como cuarto miembro de un colecho que llegó 6 años tarde. Y es que así es Mika, una bichita a la que deseas proteger, dejar dormir después de comer, y vuelta a empezar cual bebé.
Reconozco que hay días que no lo llevo bien, que daría lo que fuera por poder dormir del tirón. De dormir como antes. Sin preocupaciones, sin imprevistos, sabiendo que el único despertar será el que debe suceder, el que yo misma programe, la alarma de las 7:20…ninguna otra.
No obstante, tengo casi la certeza de que lo llevaré aún peor el día que mi pequeño deje de necesitarme, que se marche de casa sin despertarme con un beso si apago sin querer la alarma. Y aún no siendo equiparable, también se me clavará una espinita si mi gata me reemplaza y despierta a mordisquitos a otra personita para darle de comer. El día que ocurra alguna de estas cosas, una parte de mí deberá cerrar un capítulo, y aceptar que ese rol acabó, que dejo de cubrirlo yo, o que sencillamente terminó.
Por tanto, mi primera hora de la mañana la empiezo cuidando y atendiendo a mi familia, mi casa, lo que más quiero. Ayudar y acompañar a mis hijos a prepararse para la jornada escolar, aunque sea todo un maratón, aunque me deje en ello la energía que no tengo. Y como adelanté, antes de ello, alimentando a nuestra gata Mika.
Y así es mi primera hora del día. Y por mucho que reniegue, y haya días que suplique que la dinámica cambie, el día que no cumplo con ella, me siento tan mal que no me compensa…así son las cosas, adoro la vida de los míos, y no quiero perderme lo que aún puedo vivir junto a ellos.

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