
Una mirada, una mirada basta para saber que darías por aquella persona sobre la que tanto te ha costado desprender tus ojos.
Una mirada, una que, hasta los más sordos, notan como resuenan los ecos de los halagos, sin querer darse por enterados.
Miradas que te atraviesan, haciendote sentir la más dichosas de las “ad-miradas”. La más halagada de las amadas.
Miradas que de ser ciertas, prenderían tu mundo, tu mar y montaña.
Miradas que de ser falsas, arrasarían tus valles, levantarían mil muros y harían temblar los cimientos que fraguar tanto costaron.

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