
Normal, normal hubiera sido poder disfrutar de la juventud, sorbiéndola a tragos, engulléndola a mordiscos, con los dientes afilados cual depredador hambriento ante su deseada presa.
Normal, normal hubiera sido devorar las tardes y noches rodeada de amigos, de pretendientes y pretendidos, seres llenos de vida, ansiosos de ocio y risas.
Normal, normal sería poder despertar, cualquiera que fuera el día y dejarse envolver por la brisa, sin ofrecer resistencia, vagando de un sitio a otro, disfrutando del ahora, del ya mismo, del a por todas, sin temor ni duda alguna.
Normal, normal sería poder decir “aquí estoy yo, y aquí estaré siempre”, poder comprometerte, emprender hoy y continuar mañana, responsabilizarte, equilibrarte, estabilizarte, ser sencillamente la de antes.
Normal, normal sería no establecer conversaciones estériles, pugnar por ser la número uno en síntomas, medicación o citas. Y que en esa absurda pugna se determine no poder atender a tu persona querida, por ser tu misma la que requiere ser atendida
Normal, normal sería poder extender tus alas y sobrevolar inquietudes y miedos, sin que las mismas quedaran quebrantadas ante tanto desaliento.
Normal, normal deja de ser tu vida cuando, pese al mayor de los temores, optas por tomar toda tu medicación ante tus pequeños, intentando normalizar lo extraordinario, pretendiendo que te vean crecer con todas tus limitaciones y esfuerzos, con tus más y tus menos, con tus risas y llantos, con sonrisas y lamentos.
Normal es un adjetivo que ansío, extraordinaria es el apelativo por mi elegido. Y es que, y maximizando el desvarío, opto por pensar que la normalidad está sobrevalorada, y el ser extraordinaria es un don para unos pocos elegidos.

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